El concepto de interseccionalidad, desarrollado por la jurista estadounidense Kimberlé Crenshaw en 1989, se utiliza para explicar cómo diferentes formas de discriminación pueden superponerse y producir desigualdades específicas que no pueden entenderse analizando cada eje de opresión por separado
8M: El feminismo antiespecista amplía su mirada
En los últimos años, dentro del campo del feminismo contemporáneo ha comenzado a consolidarse una discusión que conecta la igualdad de género con el modo en que las sociedades organizan su relación con otros animales. Este enfoque, conocido como feminismo antiespecista, propone analizar cómo distintas formas de dominación —incluyendo el patriarcado y la explotación animal— comparten estructuras culturales y económicas similares.

El concepto de interseccionalidad, desarrollado por la jurista estadounidense Kimberlé Crenshaw en 1989, se utiliza para explicar cómo diferentes formas de discriminación pueden superponerse y producir desigualdades específicas que no pueden entenderse analizando cada eje de opresión por separado. Desde entonces, esta perspectiva ha sido incorporada ampliamente en el análisis de políticas públicas, derechos humanos y estudios de género.
A partir de este marco teórico, investigadoras en ética animal han explorado los vínculos entre la dominación de género y la explotación de animales no humanos. Una de las obras más citadas en este campo es “The Sexual Politics of Meat” (1990), de la filósofa feminista Carol J. Adams, que analiza cómo los imaginarios culturales han vinculado históricamente el consumo de carne con nociones de poder, masculinidad y control sobre los cuerpos.
Otros trabajos académicos dentro del ecofeminismo, sostienen que las jerarquías que legitiman la violencia contra determinados grupos —humanos o no humanos— suelen apoyarse en mecanismos similares: cosificación, normalización del daño y construcción cultural de sujetos considerados inferiores o disponibles para la explotación.
La discusión también aparece en un contexto global marcado por la magnitud de los sistemas alimentarios contemporáneos. Según datos recopilados por Our World in Data a partir de estadísticas de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cada año se sacrifican más de 80 mil millones de animales terrestres para la producción de carne en el mundo, una cifra que refleja la escala industrial del uso de animales en los sistemas alimentarios actuales.
Al mismo tiempo, estos sistemas también concentran desigualdades humanas. Un informe global de la FAO sobre género en los sistemas agroalimentarios señala que el 36 % de las mujeres trabajadoras del mundo participa en estos sistemas, y que las trabajadoras agrícolas reciben en promedio 18 % menos ingresos que los hombres en tareas similares.
Para algunas organizaciones y activistas, estas intersecciones muestran la necesidad de ampliar el debate sobre justicia social hacia lo que el filósofo Peter Singer denomina la “expansión del círculo moral”, es decir, el proceso histórico mediante el cual las sociedades amplían progresivamente quiénes son considerados dignos de consideración ética.
En América Latina, distintas iniciativas vinculadas al movimiento animalista han comenzado a incorporar este enfoque dentro de sus marcos de trabajo. Entre ellas se encuentra Animal Interseccional, una organización regional que promueve el análisis de los sistemas alimentarios, la desigualdad social y la explotación animal desde una perspectiva interseccional.
“El feminismo antiespecista propone
analizar cómo operan las estructuras de dominación cuando se superponen.
Aplicar esa mirada también a la relación con los animales no humanos permite
observar que muchas de las lógicas que sostienen la explotación (como el
control sobre los cuerpos, la naturalización de la violencia y la
jerarquización de las vidas) están profundamente conectadas entre sí”, señala Jesica
Bon Denis, fundadora y directora ejecutiva de Animal Interseccional.
El feminismo antiespecista sigue siendo un campo
de debate en expansión, su presencia creciente en la academia, en movimientos
sociales y en discusiones sobre sistemas alimentarios muestra cómo las
preguntas sobre igualdad y justicia continúan ampliando su alcance.

