Cada Día del Niño celebramos a nuestras niñas y niños. Pero en este mismo planeta existen millones de crías de otras especies que también nacen para jugar, aprender y crecer junto a sus madres… y que, sin embargo, muchas veces pierden su infancia por la intervención humana
Los otros niños del planeta en el Día de la Niñez
Por Diana Valencia Cuevas, Directora General de Abriendo Jaulas, Abriendo Mentes
Cada 30 de abril celebramos el Día del Niño.
Celebramos la risa, los juegos, la curiosidad infinita y la imaginación desbordada. Celebramos esa etapa de la vida que debería estar protegida por todos: la infancia.
La infancia es el tiempo de aprender el mundo con asombro.

El tiempo de descubrir, de jugar, de sentirse seguro bajo el cuidado de quienes deberían protegernos.
Pero hay algo que rara vez nos detenemos a pensar.
En este mismo planeta, en este mismo momento, existen millones de otros niños.
Niños que no pertenecen a nuestra especie.
Son los hijos de las elefantas que caminan protegidos en medio de la manada.
Los cachorros de león que juegan entre sí mientras su madre vigila el horizonte.
Los pequeños delfines que nadan pegados al cuerpo de su madre durante meses.
Las crías de aves que encuentran refugio bajo las alas que las resguardan.
En la naturaleza, la infancia también existe.
También hay juego.
También hay aprendizaje.
También hay ternura.
También hay un vínculo profundo entre madre e hijo.
Cuando observamos a una cría de cualquier especie explorar el mundo por primera vez, resulta difícil no reconocer algo familiar. La infancia, en realidad, es un lenguaje universal de la vida.
Sin embargo, para millones de ellos la historia es muy distinta.
Muchas criaturas son separadas de sus madres cuando aún son bebés.
Otras nacen en granjas industriales donde jamás conocerán el mundo que la naturaleza les destinó.
Algunas crecen en zoológicos o acuarios, lejos de los paisajes, las distancias y las familias que formarían su vida natural.
Otras son arrebatadas de sus hogares, víctimas del tráfico, la cacería o utilizadas para entretenimiento humano.
Son niños a los que robamos su infancia.
Sus juegos se convierten en entrenamiento.
Su curiosidad en miedo.
Su libertad en encierro.
Y lo más doloroso es que muchas veces ni siquiera los vemos como lo que son: niños.
Tal vez una de las enseñanzas más importantes que podemos ofrecer a nuestras propias niñas y niños es aprender a mirar más allá de nuestra especie.
Comprender que la vida no gira únicamente alrededor de nosotros.
Que el planeta es hogar de millones de seres que también sienten, que también forman familias, que también cuidan a sus crías y que también merecen vivir sus etapas naturales.
Cuando un niño humano aprende a respetar a un animal, aprende algo mucho más profundo que una simple regla moral.
Aprende empatía.
Aprende que la fuerza no está en dominar al más vulnerable, sino en protegerlo.
Aprende que compartir el planeta también implica convivir en armonía, con responsabilidad y respeto.
Quizá ese sea uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecer a las nuevas generaciones: enseñarles que la compasión y el respeto por la vida no tienen fronteras de especie.

Porque cuando ampliamos nuestro círculo de empatía, el mundo entero se vuelve un lugar más digno para todos.
Hoy celebramos el Día del Niño.
Celebremos a nuestras niñas y niños humanos.
Pero recordemos también a los otros niños del planeta.
Aquellos que también nacieron para jugar, aprender y crecer junto a sus madres…
y que esperan que algún día nuestra especie aprenda a valorar su existencia con el mismo respeto con el que defendemos la nuestra.
Porque la compasión también se aprende en la infancia.
Y tal vez —solo tal vez— el futuro del planeta dependa de ello.

