La especialista Yolanda Alaniz advierte que México mantiene alrededor de 350 a 400 delfines en cautiverio, de los cuales cerca del 70% nació en esas condiciones
“El cautiverio no debió haber sucedido nunca”
Los delfinarios se convirtieron en una actividad turística y comercial de gran relevancia en México desde la década de 1970, cuando comenzaron a operar instalaciones como el Acuario de Aragón y Atlantis. Con el paso de los años, el modelo basado en espectáculos con animales dio paso a una industria enfocada principalmente en el llamado “nado con delfines”, una actividad de alto costo y con un amplio contacto entre los animales y las personas.

Actualmente, de acuerdo con la especialista en temas de delfinarios Yolanda Alaniz, existen alrededor de 350 a 400 delfines en cautiverio en México, aunque señala que no existe información pública suficientemente clara para conocer la cifra exacta. De ese universo, aproximadamente 70% habría nacido en cautiverio, situación que plantea nuevos retos para cualquier eventual estrategia de rehabilitación y liberación.
En entrevista con Prensa Animal, Alaniz analiza la situación de estos mamíferos marinos, los alcances de la legislación aprobada en 2025 y la necesidad de avanzar hacia un proceso gradual de desaparición del cautiverio, al que identifica como un modelo incompatible con el bienestar de los animales.
¿Cuál es actualmente la situación de los delfinarios en México?
Los delfinarios en México comenzaron en la década de los setenta, con los primeros delfines en el Zoológico y Acuario de Aragón y posteriormente en Atlantis. Fueron creciendo conforme cambió la actividad.
En un principio se realizaban espectáculos en los que los delfines brincaban por una pelota, atravesaban aros y hacían diferentes actos. Era una actividad que no dejaba mucho dinero porque los boletos eran baratos y, al mismo tiempo, la alimentación y manutención de los animales resultaban costosas.
Posteriormente, se produjo un giro hacia el nado con delfines, una actividad mucho más cara y dirigida básicamente al turismo. Entonces comenzó a verse como un enorme negocio.
Actualmente, no podemos saber con exactitud cuántos delfines existen en los delfinarios de México. Desde 2018 existen restricciones de transparencia y hay opacidad respecto al manejo interno de estas instalaciones. Sin embargo, sabemos que pueden ser alrededor de 350 a 400 delfines.
Lo que sí sabemos, porque ellos mismos lo han señalado, es que alrededor del 70% ya nació en cautiverio, es decir, son ejemplares de primera o segunda generación.
Esto tiene implicaciones muy serias cuando se habla de liberarlos. No es sencillo liberar delfines que no conocen el mar ni la vida libre.
Los delfinarios están ubicados principalmente en los destinos turísticos. Quintana Roo concentra alrededor del 70%, además de instalaciones en Los Cabos y Puerto Vallarta. También existe un acuario en Veracruz, aunque no tiene el mismo desarrollo que los establecimientos de las zonas de playa.
¿Qué implicaciones tiene que la mayoría de estos delfines haya nacido en cautiverio?
Tenemos un número enorme de delfines nacidos en cautiverio. Esto hace mucho más compleja cualquier propuesta de liberación.
¿Qué hacemos con 350 o 400 delfines? No podemos simplemente decir que se decomisan y se liberan en el mar. Es un sueño que no va a ocurrir de esa manera porque los animales no tienen las condiciones necesarias.
Del 30% que no nació en cautiverio podríamos pensar en algún tipo de rehabilitación y liberación o en un santuario. Pero con los que nacieron en cautiverio, muchos de los cuales tienen 10, 12, 18 o 20 años, no podemos decir sencillamente que se liberen.
Por eso existen medidas para aliviar el sufrimiento y proporcionarles las mejores condiciones de vida posibles, de acuerdo con las reglas del bienestar animal y la ética.
¿Qué establece la legislación aprobada en 2025?
Quiero hacer una aclaración: esta ley no corresponde únicamente a lo que algunas personas llaman “Ley Mincho”. Nosotros la estuvimos trabajando desde 2022 con el Senado y finalmente fue aprobada el 23 de junio del año pasado.
Es una ley muy importante porque establece varias medidas.
La primera, y probablemente la más relevante, es la prohibición de la reproducción en cautiverio.
Esto es fundamental porque sabemos que los delfinarios viven en buena medida de la reproducción en cautiverio. Esta reproducción se basa en la inseminación artificial y en la manipulación de machos y hembras para reproducirlos artificialmente, lo que representa un abuso sobre los animales.
Lo primero que había que hacer era cerrar esa posibilidad. Si tenemos alrededor de 400 delfines, necesitamos dejar de reproducirlos.
No es necesariamente lo que muchas personas quieren escuchar, pero hay que preguntarnos qué hacemos con esos 400 animales. Necesitamos cerrar la llave y evitar que haya más.
Con el tiempo, los animales irán falleciendo y el número ya no será reemplazado por nuevos ejemplares. Eso es lo que plantea, en el fondo, esta legislación.
¿Qué otras medidas contempla la ley?
La segunda medida importante tiene que ver con las instalaciones.
Así como estamos viendo el caso de los nueve delfines que se encuentran en tres albercas, existen muchos otros animales en condiciones similares. La ley establece que los delfines que estén en albercas, estanques o marinas de concreto, como ocurre en Puerto Aventuras, deben ser trasladados a corrales en el mar, como los que existen en Cozumel e Isla Mujeres.
Las instalaciones de concreto no son condiciones idóneas para mantener a estos animales.
La tercera cuestión es el reconocimiento de los delfines como animales sintientes. Esto ya tiene un reconocimiento legal, incluso constitucional, y significa que debemos considerar el sufrimiento que experimentan bajo condiciones que son completamente antinaturales para ellos.
Además, el nado con delfines implica un alto nivel de interacción con las personas. Se les abraza, se montan sobre ellos, se les jalan las aletas o se les utiliza como si fueran caballos para realizar determinados actos.
Ese tipo de conductas abusivas deben restringirse.
¿La ley representa entonces un proceso para terminar con los delfinarios?
Sí. Lo que tenemos que hacer es avanzar hacia un face-out, es decir, ir cerrando esta actividad por etapas y con el tiempo.
El cautiverio no debió haber sucedido nunca. Una vez que los animales están en cautiverio, cualquier medida que adoptemos será insuficiente. Lo que podemos hacer son acciones para aliviar el sufrimiento.
La única manera de hacerlo de forma ética es avanzar gradualmente hacia el fin del cautiverio, con criterios científicos y éticos.
¿También se encuentra prohibida la captura de delfines en vida libre?
La captura de delfines en vida libre es un secuestro. Incluso Jane Goodall lo definió de esa manera en alguno de sus libros.
Los animales son acorralados, separados de su madre y de su familia y llevados a otro lugar. En realidad, son secuestrados.
En México tuvimos delfines que nacieron aquí y, cuando se prohibieron las capturas en 2002, hubo un incremento en las importaciones. Llegaron delfines de Cuba, algunos de Japón y otros de las Islas Salomón.
Los nueve delfines que actualmente permanecen en un delfinario de Cancún corresponden a estos últimos casos.
También tenemos ejemplares nacidos en cautiverio de distintas especies: delfines del Atlántico, del Pacífico y del Indo-Pacífico.
¿Existe todavía maltrato dentro de los delfinarios?

Todo es maltrato. El propio cautiverio constituye una forma de maltrato.
Uno de los peores es mantenerlos en estanques de concreto, porque los delfines viven del oído. Su relación con el sonido y con el ambiente marino es fundamental.
Pero también existe el abuso cuando se obliga al delfín a realizar actos de circo o a nadar con personas a cambio de recibir un pedazo de pescado.
Los animales no toman decisiones sobre su vida una vez que están en cautiverio. Las decisiones las toma el ser humano. Ellos no deciden nada de lo que ocurre con su propia vida.
¿Qué ocurre cuando un delfín se autolesiona o presenta un sufrimiento grave?
Aquí tenemos que hablar también de la eutanasia, porque es un tema que actualmente genera mucha discusión.
La eutanasia existe en todo el mundo y no es una decisión administrativa. Es un acto médico y bioético cuyo objetivo es evitar el sufrimiento. El objetivo no es matar, sino evitar el sufrimiento.
Sin embargo, debe estar sustentada en criterios científicos y éticos objetivos y debe ser excepcional, nunca la regla.
México ya cuenta con un marco que puede servir como referencia: el Protocolo de Atención para Varamiento de Mamíferos Marinos de 2014. Ahí se contempla la eutanasia como una opción únicamente cuando, después del diagnóstico de un veterinario o experto en mamíferos marinos, se determina que no existen alternativas para evitar el sufrimiento animal y se cumplen determinadas condiciones.
La eutanasia debe ser la última elección, no la primera.
¿Podría aplicarse ese criterio a los delfines que se encuentran en cautiverio?
Debe analizarse caso por caso.
La eutanasia de un delfín en el contexto de los delfinarios es una de las decisiones más trascendentes que puede tomar un médico veterinario. No puede ser una decisión administrativa ni económica.
Solamente puede considerarse cuando se busca evitar el sufrimiento y cuando ya no existe ninguna alternativa para aliviar una enfermedad o una condición irreversible.
En otros países, particularmente en Estados Unidos, existen comités de bioética y bienestar animal en los delfinarios. Las decisiones graves se analizan dentro de estos órganos para determinar qué opciones existen.
Solamente cuando no hay otra alternativa, existe un sufrimiento irreversible y no hay una posibilidad razonable de recuperación o de mantener una calidad de vida compatible con el bienestar animal, debería procederse a aliviar el sufrimiento.
Debe ser una decisión transparente, con asesores externos de bioética y sustentada en criterios científicos.
Uno de los principios fundamentales de la bioética es no hacer daño y buscar hacer el bien. Parece sencillo, pero resulta extremadamente complejo cuando hablamos de cautiverio y, particularmente, de animales como los delfines.
Por eso debe analizarse cada caso de manera individual, independientemente de la situación específica que actualmente genere atención pública. Hay muchos otros casos y todos deben ser evaluados buscando el mejor interés de cada delfín y con el aval de especialistas en bioética.
¿Cuál debería ser entonces el camino para los delfines que permanecen en cautiverio?
El objetivo debe ser dejar de reproducirlos, mejorar las condiciones de vida de los ejemplares que ya existen y avanzar gradualmente hacia el fin del cautiverio.
No podemos borrar de un día para otro las consecuencias de décadas de explotación de estos animales. Pero sí podemos impedir que el problema continúe creciendo.
El llamado face-out representa precisamente eso: cerrar progresivamente el modelo de cautiverio y evitar que nuevas generaciones de delfines sean incorporadas a una actividad que les impone condiciones antinaturales.
La discusión, finalmente, debe centrarse en el bienestar de cada animal y en decisiones sustentadas científicamente, éticamente y con transparencia.
